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Ignacio Arteaga: El Papa Francisco, la economía y los empresarios

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Desde que se anunció la visita a Chile del Papa Francisco, varias veces nos han preguntado qué opina él sobre la economía, el libre mercado y el rol de los empresarios. A menudo, tras la pregunta hay genuino interés, pero también algunos tienen la impresión de que se trata de un Papa que no tendría mucho afecto por los empresarios.

Lo mejor es partir por lo simple: no existe una economía revelada. En el Evangelio no vamos a encontrar la solución al problema económico de qué, cómo y cuánto producir, pero sí vamos a encontrar lineamientos fundamentales de cómo comportarnos y conducir nuestra vida y, por ende, de cómo debiera ser nuestra actividad empresarial de cara a Dios y la sociedad. En ese sentido sí existe una economía redimida.

Lo segundo es poner al Papa en su justa dimensión: no es un economista ni un empresario, y su rol no es el de los equilibrios macroeconómicos, la competitividad o la eficiencia de los mercados, sino anunciar a un Dios que es misericordia. Por eso es que resulta natural que su primera preocupación sean los excluidos, los "descartados".

¿Y por qué opina el Papa sobre la economía? Ante todo, porque la economía está al servicio del hombre y no al revés. Ahí donde se ponga en juego la libertad del hombre y su dignidad, ahí está el interés del Papa y de la Iglesia.

¿Y qué opina el Papa de la empresa? La Iglesia reconoce la propiedad privada y le atribuye una función social, la ordena al bien común, esto es, el bien material y espiritual de todos y cada uno de los integrantes de la comunidad, incluidas las futuras generaciones. También reconoce el lucro legítimamente obtenido; define a la empresa como una comunidad de personas, no solo como propiedad privada. Y esta comunidad se organiza para producir buenos bienes y servicios, para crear puestos de trabajo que sean dignos y para generar buena riqueza y distribuirla con justicia y caridad. Así entendida, dice el Papa, la empresa es una noble vocación, y por eso nos recuerda que el dinero es un medio y no un fin; un buen sirviente, pero un mal amo.

El Papa tiene una maravillosa inclinación: se llama opción preferencial por los pobres. Y este es un dato revelado en el Evangelio, ya que Cristo se identifica a sí mismo con el pobre, con el que sufre. Por eso es que, apenas baje del avión, el Papa nos preguntará por los excluidos, los marginados, por los que no tienen trabajo o por quienes, teniéndolo, no pueden mantener dignamente a sus familias.

Y del libre mercado, ¿qué va a decir? A veces, el Papa Francisco enfatiza de modo "rioplatense" ciertos aspectos que en algunos ambientes empresariales hacen pensar que el Papa estaría cambiando lo que antes dijeron pontífices menos "expansivos". Pero la Iglesia siempre ha dicho que la economía debe ser articulada e institucionalizada correctamente de manera de estar al servicio del hombre. Considera al mercado como el mecanismo más eficiente en la producción e intercambio de bienes, y que si está rectamente regulada y orientada al bien común, promueve importantes virtudes como la libertad, la innovación, etcétera. La Iglesia no es ingenua, sabe que el mercado es expresión de la naturaleza libre de las personas y, por lo tanto, de sus vicios y virtudes. Como decía Benedicto XVI, "no se debe olvidar que el mercado no existe en su estado puro, se adapta a las configuraciones culturales que lo concretan y condicionan".

Francisco condena la economía de la exclusión; esa indiferencia por quien ha quedado, en la práctica, fuera de la comunidad, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. El Papa nos interpela para que cada uno reflexione qué tipo de decisiones económicas toma a diario y nos invita a todos, incluidos los empresarios, a ir a nuestras periferias, al encuentro de los excluidos y descartados.

Les propongo a los empresarios que abrigan algún recelo respecto del pensamiento del Papa en estas materias que se acuerden del día en que decidieron empezar su emprendimiento: ¿Qué tenían en mente? ¿Qué llamado sintieron en su corazón ese día? Apostaría a que fue un llamado trascendente, un llamado a solucionar una necesidad real y urgente, a hacer las cosas mejor, a servir a la comunidad mediante un producto o servicio genuinamente bueno, creando trabajo y riqueza no solo económica, sino también espiritual. Reencontrarnos con ese llamado inicial a la noble vocación empresarial, más una apertura humilde de nuestra mente y corazón que nos permita dejarnos sorprender por el Papa, es el mejor estado de ánimo con el que los empresarios podemos esperar su visita, y descubriremos que tenemos mucho en común con él y, al mismo tiempo, mucho que aprender de su mensaje.

Ignacio Arteaga E.
Publicación: A2 El Mercurio, Domingo 27 de agosto de 2017.