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El Papa Francisco, la economía y los empresarios - Ignacio Arteaga en Revista Humanitas

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Desde que se anunció la visita a Chile del Papa Francisco, varias veces nos han preguntado qué opina él sobre la economía, el libre mercado y el rol de los empresarios.

 

A menudo, tras la pregunta hay genuino interés, pero también algunos tienen la impresión de que se trata de un Papa que no tendría mucho afecto por los empresarios. Lo mejor es partir por lo simple: no existe una economía revelada. En el Evangelio no vamos a encontrar la solución al problema económico de qué, cómo y cuánto producir, pero sí vamos a encontrar lineamientos fundamentales sobre cómo comportarnos y conducir nuestra vida, personal y social, y, por ende, de cómo debiera ser nuestra actividad empresarial de cara a Dios y la sociedad. En ese sentido, si bien no existe una economía revelada, sí existe una economía humana redimida.

 

Lo segundo es poner al Papa en su justa dimensión: es un líder espiritual y, para nosotros los católicos, es el Vicario de Cristo en la Tierra; no es un economista ni un empresario. Su rol no es el de los equilibrios macroeconómicos, la competitividad o la eficiencia de los mercados, sino anunciar a un Dios que es misericordia. Por eso es que resulta natural que su primera preocupación sean los excluidos y los “descartados” y es allí donde nos interpela.

 

 

¿Y por qué opina el Papa sobre la economía? Ante todo, porque la economía está al servicio del hombre y no al revés. Al Papa en particular y a la Iglesia Católica en general, les interesa la economía, las empresas y el trabajo, porque les interesa el hombre y todo lo que “incide y decide” su realización material, intelectual, moral, espiritual y religiosa. Ahí donde se ponga en juego la libertad del hombre y su dignidad, ahí está el interés del Papa y de la Iglesia.

 

Es cierto que la Iglesia no propone ningún modelo econó- mico en particular; sin embargo, desde siempre —aunque en forma más explícita desde San Juan Pablo II en adelante— hay ciertas orientaciones en la línea de una economía social de mercado. En general, los pontífices evitan referirse a un modelo económico concreto, pero Francisco lo dijo de modo explícito al recibir el Premio Carlomagno, en 2016, cuando planteó la necesidad de contar con “modelos económicos más inclusivos y equitativos, orientados no para unos pocos, sino para el beneficio de la gente y de la sociedad (…) por ejemplo, la economía social de mercado”1 .

 

 

Lo importante no es que la Iglesia le dé su “bendición” a una u otra forma de organización social, política o econó- mica, ya que se le debe reconocer a los laicos su legítimo ámbito de libertad y autonomía en aquellas materias que son del todo opinables, tal como lo señala claramente Gaudium et spes, sino que lo importante es que la Iglesia nos advierta cuando algún sistema social, político o económico, ya sea por su pensamiento subyacente, por su visión antropológica o por su forma de aplicación en la realidad, pueda estar en contra de uno o más de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, tales como el respeto a la dignidad de la persona, la libertad responsable, la solidaridad, la subsidiariedad y, como consecuencia, el bien común, etc. 

 

Y del libre mercado, ¿qué va a decir? A veces, el Papa Francisco enfatiza de modo «rioplatense» ciertos aspectos que en ciertos ambientes empresariales hacen pensar que el Papa estaría cambiando lo que antes dijeron pontífices menos “coloquiales”. Pero la Iglesia siempre ha dicho que la economía debe ser articulada e institucionalizada correctamente de manera de estar al servicio del hombre. Considera al mercado como un instrumento, como el mecanismo más eficiente en la producción e intercambio de bienes y que, si está bien regulado y orientado al bien común, promueve importantes virtudes como la libertad, la innovación, la creatividad, etc. La Iglesia no es ingenua, sabe que el mercado es expresión de la naturaleza libre de las personas y, por lo tanto, de sus vicios y virtudes. Como decía el Papa Benedicto XVI, “no se debe olvidar que el mercado no existe en su estado puro, se adapta a las configuraciones culturales que lo concretan y condicionan”2 .

 

Francisco condena la economía de la exclusión; esa indiferencia por quien ha quedado, en la práctica, fuera de la comunidad “como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe”3 . El Papa nos interpela para que cada uno reflexione qué tipo de decisiones económicas toma a diario y nos invita a todos, incluidos los empresarios, a ir a las periferias, al encuentro de los excluidos y descartados, y también ir a nuestras propias periferias interiores.

 

¿Y qué opina el Papa de la empresa? La Iglesia reconoce la propiedad privada y le atribuye una función social, la ordena al bien común, esto es, el bien material y espiritual de todos y cada uno de los integrantes de la comunidad, incluidas las futuras generaciones. También reconoce el lucro legítimamente obtenido. La Iglesia define a la empresa, antes que todo, como una comunidad de personas, no solo como un negocio de propiedad privada. Y esta comunidad se organiza para producir buenos bienes y servicios, para crear puestos de trabajo que sean dignos y para generar buena riqueza y distribuirla con justicia y caridad. Así entendida, dice el Papa, la empresa es una “noble vocación”4 , y por eso nos recuerda que el dinero es medio y no un fin; un buen sirviente, pero un mal amo.

 

El Papa tiene una severa inclinación: se llama opción preferencial por los pobres. Y este es un dato revelado, ya que Cristo se identifica a sí mismo con el pobre, con el que sufre. Por eso es que, apenas baje del avión, el Papa nos preguntará por los excluidos, los marginados, por los que no tienen trabajo o por quienes, teniéndolo, no pueden mantener dignamente a sus familias.

 

Les propongo a los empresarios que abrigan algún recelo respecto del pensamiento del Papa en estas materias, que se acuerden del día en que decidieron empezar su emprendimiento: ¿Qué tenían en mente? ¿Qué llamado sintieron en su corazón ese día? Apostaría a que fue un llamado trascendente, un llamado a solucionar una necesidad real y urgente, un querer hacer mejor las cosas a como veían que se estaban haciendo, un llamado a servir a la comunidad entregando un producto o un servicio genuinamente bueno, generando y distribuyendo, en forma justa, no solo riqueza económica y material, sino que también espiritual. Reencontrarnos con ese llamado inicial a una noble y auténtica vocación empresarial, junto con una apertura humilde de nuestra mente y corazón que nos permita dejarnos sorprender por el Papa; es el mejor estado de ánimo con el que los empresarios podemos esperar su visita, y descubriremos que tenemos mucho en común con él y al mismo tiempo mucho que aprender de su mensaje. 

 

Ignacio Arteaga Echverría, presidente de USEC, en Revista Humanitas